María
Antonia Fernández del Hoyo
Universidad
de Valladolid
(“Relaciones
artísticas entre la Península Ibérica y América” Actas del V Simposio
Hispano-Portugués de Historia del Arte (11-13 Mayo 1989). Valladolid, 1990 pp.
113-117)
El rasgo común
que mejor define el barroco hispánico de uno y otro lado del Atlántico es, sin
duda, su profundo sentido decorativo en contraste con la sencillez de las
estructuras. Parte esencial de esta decoración lo constituyen, por su variedad
y riqueza de invención, las yeserías polícromas que tapizan interiores de bóvedas
y cúpulas, siguiendo diseños que evolucionan desde lo puramente lineal hasta
motivos figurados muy diversos.
Las labores en
yeso, de tradición mudéjar fuertemente , arraigada, se cultivaron de modo
aislado durante el renacimiento, aunque no faltan excepciones señeras --en
Valladolid la capilla de los Benavente en la iglesia de Santa María, de Medina
de Rioseco--, para resurgir con los albores del siglo XVII y desarrollarse
durante esa centuria y la siguiente, dando lugar a múltiples y formidables
creaciones barrocas.
Gracias a la
baratura del material de yeso y su ductilidad, la arquitectura más ambiciosa
pero también, y sobre todo, la más modesta aunque igualmente válida, pudo
revestirse de una exuberante ornamentación, acorde con el sentido español de
la estética, que se hace especialmente patente en la región andaluza (1). Las
yeserías de la bóveda de la catedral de Córdoba se consideran punto de
partida del gran desarrollo que el arte del estuco figurado polícromo alcanzaría
en las distintas ciudades andaluzas. La sacristía de la iglesia jesuita de los
Santos Justo y Pastor, en Granada y las creaciones de Herrera el Viejo en San
Hermenegildo y San Buenaventura, de Sevilla suponen el comienzo del estilo en
estas ciudades, y, más tarde, el magnífico camarín de la Victoría, en Málaga
abrirá la nutrida y exquisita serie de yeserías malagueñas, especialmente de
la zona antequerana. Sevilla será, de todas ellas, la que influya más
decisivamente en el resto de España y la transmisora de estas decoraciones a
las posesiones españolas de la Corona, donde pronto arraigarán con fuerza en
perfecta sintonía con la tendencia a lo ornamental latente en la sensibilidad
indígena (2).
Pero si el gusto
por lo decorativo es característico de lo hispano, parece fuera de duda que la
gran mayoría de los modelos ornamentales utilizados aquí y allá proceden de
repertorios europeos, del manierismo italiano primero al que se unen más tarde
los diseños de tratadistas nórdicos (3). Guirnaldas, acantos, grutescos de muy
variadas formas, tarjas, roleos, cintas, cartuchos, etc., formas, en suma, como
las que aparecen en la Arquitectura de Dietterlin, con su carga de fantasía e
incluso de irracionalidad, penetran en España a través de grabados y, sobre
todo, del libro impreso y por la misma vía llegan a las provincias americanas.
Los prototipos manieristas perviven en ambos casos durante todo el barroco junto
a otros motivos vegetales, heráldicos y de rocallas, a los que se unen en América,
aunque en mucho menor grado, otros surgidos de la flora y fauna local.
Los más
notables ejemplos de yeserías figurativas revisten los interiores de edificios
de reducidas dimensiones: capillas sacramentales, ermitas y, sobre todo,
capillas y camarínes dedicados al culto mariano, en los que arquitectura y
decoración se funden creando ámbitos de gran barroquismo donde se desarrollan
complejos programas iconográficos (4). El ya citado camarín malagueño de la
Victoria o los sagrarios de la iglesia parroquial de Priego de Córdoba --con
notable presencia de formas rococó-- y de San Mateo, de Lucena tienen su
correspondencia en las exuberantes creaciones de la escuela poblana, entre
otras, que, con su sensibilidad propia, no desmerecen respecto a la metrópoli.
Pero, con
frecuencia, la excesiva repetición de los motivos iconográficos condujo a la pérdida
de su contenido simbólico quedando reducidos a simples formas decorativas. Por
otra parte, la proliferación de yeserías determinó resultados muy diversos
que van desde creaciones de gran calidad técnica y primoroso diseño hasta
manifestaciones provinciales de fuerte sabor popular. Es precisamente en estos
ejemplos más populares donde las diferencias entre lo hispánico y lo
peninsular se hacen menos perceptibles. Es frecuente hablar de «rasgos indianos»
para referirse a yeserías españolas que por lo tosco de la talla o lo
arcaizante de los motivos denotan un cierto carácter artesanal.
Es mucho lo que
resta por saber sobre las yeserías y sus artífices puesto que con frecuencia
la documentación no revela los nombres de los yesistas o se desconoce la
procedencia de sus diseños y trazas.
Aunque esté
fuera de duda la más estrecha vinculación entre el barroco andaluz y el
americano, no es dable desdeñar la aportación de otras manifestaciones
regionales españolas. El barroco vallisoletano es rico en cubiertas adornadas
con yeserías si bien los motivos más usuales son abstractos y, frecuentemente,
sin policromar. En la primera mitad del siglo XVII aparecen exclusivamente
formas geométrícas, singularmente las puntas de diamante. Más tarde los
modelos van enriqueciéndose y abultándose, con inclusión también de rameados
y tarjetas hasta llegar al hito que supone la decoración de las bóvedas de la
iglesia de Santiago, en Medina de Rioseco, realizadas entre 1672-73 por el
arquitecto Felipe Berrojo, en las que aparecen tarjetas vegetales, escudos e
incluso decoración figurada con motivos santiaguistas que incluyen el relieve
del apóstol titular, que además se policroman. No obstante, los motivos se
disponen de forma aislada, sin ocultar las líneas arquitectónicas, rasgo éste
que, con muy pocas excepciones, será constante del estilo local.
Así pues, lo
poco compacto de los diseños, la falta de policromía y la escasez de motivos
estrictamente decorativos son las características de las yeserías
vallisoletanas (5).
Curiosamente los
casos de decoración más profusa se dan en edificios modestos, como las ermitas
de Ntra. Sra. del Carmen, de Torrecilla de la Orden, y de la Virgen de Tiedra
Vieja, en Tiedra, singularmente ésta última, con motivos vegetales, veneras,
emblemas marianos y relieves historiados en las pechinas que hacen de ella el
conjunto más cercano a la sensibilidad andaluza.
Junto a ellos, los
dos ejemplos que estudiamos, realizados en los siglos XVII y XVIII
respectivamente, presentan una cierta originalidad y, a nuestro juicio, ofrecen
rasgos que pueden vincularlos con creaciones americanas.
El primero de
ellos se encuentra en la iglesia vallisoletana de San Martín, uno de tantos
templos erigidos en el tránsito entre los siglos XVII y XVIII (6). En el tramo
central del muro del evangelio se abriría, finalizando esta última centuria,
una capilla perpendicular al cuerpo de la iglesia integrada por tres ámbitos:
el central, cuadrado, se cubre con cúpula sobre pechinas que presenta una
interesante decoración de yeserías figurativas.
La capilla tuvo
la advocación de San Juan de Sahagún y fue fundación de D. Gaspar de Vallejo,
Caballero de Santiago, del Consejo Supremo de Castilla, que tenía sus casas
principales fronteras a la iglesia aunque residía en la corte. En Madrid otorgó
testamento, el 9-X-1623, en unión de su esposa D.ª Aldonza Beltrán de la
Cueva, instituyendo una memoria y capellanías a las que dotó convenientemente
(7).
La edificación
de la capilla se retrasaría durante 60 años, hasta octubre de 1693 cuando se
nombró a varios maestros de obras «para ber y reconozer la planta y fabrica de
la capilla que se a de hazer'" determinando la disposición que debía
tener (8). Inmediatamente se adquiríó el terreno y se pregonó la obra,
adjudicándose a Pablos Minguez y Manuel Izquierdo, maestros de obras
vallisoletanos, en 33.000 reales de manos y materiales (9). La edificación se
prolongaría hasta el mes de septiembre de 1697, momento en que se certifica
"que la dha capilla estaba acabada". En octubre los maestros dieron
carta de pago y finiquito del precio estipulado más 5.350 rs. "que an
ynportado las mejoras que ycieron en dha capilla y acrecentaron después del
remate de ella conforme a la traza planta y condiciones de Juan Texedor (10). En
años siguientes se completaría el amueblamiento de la capilla con retablo y
rejas, que no se doraron hasta 1705 (11).
Aunque la
documentación no menciona expresamente en qué consistieron las mejoras,
podemos aventurar que se tratase de la decoración de yeserías y que fuese
responsable del diseño el citado Tejedor. Abona esta suposición el que sea
Juan Tejedor Lozano el autor de las trazas de la capilla de los Gaitán, en la
iglesia de San Pedro, de Tordesillas (Valladolid), construida en 1674 y que
presenta yeserías con rameados y escudos en paredes, pechinas y media naranja
(12). Pese a que el tratamiento de las formas vegetales no presenta una total
identidad es preciso considerar los 20 años que median entre ambas
realizaciones. En tanto que en la capilla tordesillana aparecen únicamente
motivos vegetales y heráldicos, la cúpula vallisoletana incluye la figura
humana en contraste con los motivos estrictamente geométricos --cuadrados y
puntas de diamante-- que cubren el resto de la capilla.
En el vértice de
las pechinas un mascarón fitomorfo sirve de punto de arranque a follajes de
zarcillos de acanto que envuelven atributos marianos: jarrón de flores, ciprés,
espejo y palma respectivamente; la policromía es de tonos oscuros. La cúpula
presenta un tambor en el que se disponen alternativamente 8 ventanas --de las
cuales sólo una está abierta-- y 8 pedestales adornados con sartas de frutas.
Sobre éstos, y ya en la curva de la cúpula, figuras de apóstoles en relieve
asimismo policromados en tonos predominantemente oscuros. Es fácil reconocer a
San Pedro, San Pablo, San Andrés, San Juan y Santiago el Mayor, y, de forma más
dudosa, a San Mateo, Santo Tomás y San Felipe (?). El casquete que remata la cúpula
lleva en el centro un marco rectangular, con grandes orejeras, que encierra la
figura en relieve de la Inmaculada; uno y otra están asimismo policromados. En
torno a ellos ya modo de corona se disponen 8 medias figuras, al parecer
femeninas, de rostros delicados y abundante y rizada melena, cuerpos vestidos y
cortados a la altura de los hombros como si fuesen maniquíes; de cintura para
abajo los cuerpos se convierten en follaje en tanto que los inexistentes brazos
se sustituyen por guirnaldas de flores y frutas que enlazan, sin solución de
continuidad, con la figura siguiente. Estas figuras están sin policromar.
Del análisis de
los elementos descritos destaca en primer lugar el carácter estructural de la
decoración que no enmascara sino que resalta las líneas arquitectónicas,
produciendo un efecto muy alejado de la abigarrada y opulenta ornamentación de
ámbitos andaluces o mexica- nos; la decoración es voluminosa pero espaciada.
Examinando con detenimiento las figuras, sorprende el carácter arcaizante de
los apóstoles, de talla tosca aunque diferenciados en sus atuendos, rostros y
cabellos. San Pedro y San Pablo, singularmente, repiten formas más propias de
principios de siglo y adscribibles a modelos semejantes del escultor Francisco
Rincón. En contraste, el relieve de la Inmaculada, de mucha mayor calidad,
presenta una talla más delicada y un estilo más avanzado. Las formas vegetales
en que se resuelven las figuras-follaje se relacionan con las tarjetas de
estirpe canesca habituales en retablos de la época, incluso en el mayor de la
propia iglesia.
La iconografia es
muy clara: La Inmaculada, a la que se refieren los emblemas de las pechinas,
aparece escoltada por los apóstoles, con una disposición para la que pueden
encontrarse abundantes paralelismos, entre los que podemos recordar la cúpula
octogonal de la capilla del Rosario, en la iglesia de Santo Domingo, de Oaxaca
(México), contemporánea, con relieves de apóstoles en torno a la Virgen del
Rosario, si bien la desnudez de la cúpula vallisoletana contrasta abiertamente
con el abigarramiento de la mexicana.
El motivo del
torso humano mezclado con vegetación, que deriva del grutesco, es forma muy
habitual desde el renacimiento. Difundida a través de grabados y orlas de
libros, prolifera como motivo decorativo en piedra, madera, metal y estuco,
recubriendo fachadas, soportes arquitectónicos retablos y bóvedas en la Península
y en América, presentando figuras variadas y un tratamiento escultórico muy
diverso que va desde las formas abultadas de muchos ejemplos andaluces hasta la
talla a bisel característica del barroco andino (13). En nuestra región
podemos recordar las figuras que aparecen en la cúpula de la capilla de la
Virgen de las Angustias, en la Colegiata de Medina del Campo (Valladolid),
concluida en 1746 y atribuida al maestro medinense Juan Castander Uceta (14),
con bustos vestidos que carecen de brazos, aunque la talla vegetal sea mucho más
menuda y rizada.
Sin embargo no
son tan frecuentes los casos de una disposición similar a la que presentan las
figuras de San Martín, entrelazadas formando círculo, aunque no falten
ejemplos relacionables. El más conocido probablemente sea, pese a la diferencia
de material, el de la cúpula de la iglesia de Santiago, en Pomata (Perú), en
la que tres tipos diferentes de figuras-follaje se unen en una rítmica
composición que algunos han interpretado como corona de ángeles derivada de
pinturas renacentistas italianas (15) y otros como una danza rítmica de estirpe
indígena (16).
La cúpula se ha
relacionado con la tradición mudéjar y sus repercusiones en el barroco
andaluz: cúpulas del camarín de la Virgen del Rosario, en la iglesia de Sto.
Domingo, de Archidona (Málaga) y de la parroquial de Herrera (Sevilla), aunque
en ésta última predominen las formas inorgánicas (17). Otros ejemplos podrían
aducirse, a nuestro parecer, todos en la provincia de Málaga: camarín de Ntra.
Sra. del Socorro, en el Colegio de Sta. María de Jesús, de Antequera; el de la
parroquial de Monda; la cúpula de la ermita de Ntra. Sra. de los Remedios, de
Velez Málaga; y, sobre todo, la de la capilla del Buen Pastor, en el convento
de San Francisco de la misma localidad, donde entre la profusísima decoración
apenas pueden adivinarse bustos vestidos de cuyos hombros surgen apretadas
guirnaldas que se unen entre sí (18).
Junto a estas
realizaciones, las figuras de San Martín destacan por su elegancia si bien no
podemos obviar la irregular disposición de las cuatro que coinciden con las
orejeras del marco de la Virgen, lo que pudiera atribuirse a una torpeza del
tallista en la plasmación del diseño.
La parroquia de Santiago, de Alcazarén (Valladolid), originariamente
un edificio románico mudéjar, experimentó profundas transformaciones en los
siglos XVII y XVIII (19). Adosada a la cabecera por el lado del evangelio se
construyó en esta última centuria una pequeña capilla, a modo de camarín con
transparente, dedicada a la Virgen del Carmen y que tiene acceso directo desde
el presbiterio del templo (20). En contraste con la sencillez de su
arquitectura, un cuadrado sin ningún ornamento arquitectónico, y sobre
pechinas desornamentadas se levanta una media naranja adornada con yeserías
policromas de original diseño. Los libros de fábrica de la parroquia permiten
reconstruir con bastante detalle su proceso constructivo.
La capilla
estaba ya en construcción en mayo de 1762, fecha en que se anotan las primeras
cantidades "para la fábrica de la capilla de Ntra. Sra. del Carmen que con
licencia de Su S.ª Ilma. se está haziendo en mi iglesia" (21). Quien
consigna el pago es el párroco D. Diego Ramírez de Arellano, que desempeñó
un importante papel en la realización de la obra aunque no pueda considerársele
fundador o patrono de la capilla ya que ésta se construyó con la aportación
de los fieles (22). La capilla estaba terminada en lo esencial en julio de 1768,
cuando el sacerdote rinde cuentas del coste de la misma (23).
El autor de las
trazas fue el arquitecto Fray Antonio de San José Pontones, religioso jerónimo
en el convento de la Mejorada de la vecina villa de Olmedo, quien acudió en
tres ocasiones a vigilar la marcha de las obras. Según afirma el párroco él
mismo costeó los gastos del arquitecto a quien "gratificó" por ambas
actuaciones. Su actividad como arquitecto se constata en diversas provincias
castellanas y en El Escorial, con especial dedicación a las obras públicas; su
estilo es, naturalmente, sobrio y desornamentado, en nada afecto a las fantasías
barrocas (24). Precisamente en 1762 Pontones supervisaba la construcción del
camarín de la Virgen de la Vega en la desaparecida ermita del mismo Alcazarén,
que realizaba el maestro Antonio Cecilia con trazas probablemente suyas y que se
decoraba también con yeserías "con los atributos de María Santísima"
(25).
De la construcción
de la capilla del Carmen fueron responsables Joseph Muñoz y Fernando Ávarez,
maestros alarifes de Alcazarén (26), mientras que el artífice de la talla fue
Domingo Fernández Pedrosa, "de oficio tallista vzº de a v.ª de Iscar» a
quien se pagan 1.116 rs. "por 75 dias qe se ocupo en la talla de yeso de
dha cap.ª» (27).
¿Corresponde a
Pedrosa la traza de las yeserías o fue simplemente el ejecutor de diseños
ajenos? Hemos procurado indagar la personalidad de este modesto artista que
aparece activo como ensamblador y tallista en varias localidades del antiguo
partido judicial de Olmedo (28). Era natural de Mondoñedo (Lugo) y en 1737
residía en Segovia, desde donde dió poder para desposarse con D.ª Teresa
Alsua y Galarza, natural y vecina de Palencia, ciudad en la que celebraron el
matrimonio en 1738. En1741 residía ya en Íscar, donde fallecería en l770
(29). En el propio Alcazarén existen dos retablos de su mano: el mayor de la
abandonada iglesia de San Pedro, hoy en la ermita del Cristo del Humilladero, y
el mayor de la propia ermita, in situ (30). El primero de ellos fue reformado en
época neoclásica, quizá con ocasión de su traslado, mientras que el del
Santo Cristo mantiene su estructura original, sin que llegara a dorarse. La
semejanza entre ambos es manifiesta, fundamentándose sobre todo en la curiosa
disposición quebrada hacia arriba de los entablamentos y en los elementos
decorativos. A su vez, estos motivos presentan notables similitudes con algunos
de los que decoran la cúpula; además, y en ocasión de unos pagos referidos al
segundo de los retablos, Pedrosa se confiesa «maestro arquitecto y tallista»
(31). La autoría de Pedrosa sobre todo ello parece, por tanto, bastante
probable.
La decoración
de la media naranja adopta una disposición radial, a partir de la clave
adornada con 4 cabezas de ángel en medio de follaje: 8 pilastras originan 8
segmentos trapezoidales de molduras mixtilíneas; unas y otros ostentan yeserías.
En el segmento que coincide con el remate de! retablo, un águila bicéfala
coronada, que porta en sus garras espada y cetro, sirve de marco al escudo del
Carmelo; entre sus dos cabezas aparece otra humana; encima el monograma de María,
con corona imperial. En el resto de los espacios trapezoidales, los emblemas de
la Virgen: sol, luna, espejo, rosa, ciprés, torre y palmera aparecen rodeados
de un variado repertorio de formas de raigambre claramente manierista, entre las
que figuran grutescos, veneras, cestas de frutas, vegetales, volutas, etc. que
se repiten alternativamente dos a dos. Bajo ellos, en el arranque de la cúpula,
alternan cartelas rodeadas de volutas y ramos con 4 grupos de dos sirenas
enfrentadas que sostienen una venera con una de sus manos mientras se llevan la
otra al torso; bajo el águila bicéfala aparece un ángel de cuerpo entero que
parece llevarse un dedo a los labios en actitud de reclamar silencio.
Sobre las
pilastras, y a modo de estípites figurados, se superponen figuras de torso
humano, vestidas con variados atuendos, que se resuelven en formas inorgánicas,
mascarones, ángeles-atlantes, emblemas musicales, cintas, drapeados, elementos
vegetales, etc. Cinco de ellas tocan instrumentos musicales de cuerda: violín,
guitarra, y de viento: serpentón, fagot y chirimía, en tanto que la sexta
--que difiere por su factura, tamaño y atavío-- parece tener las manos vacías
aunque por su postura podría tocar unas invisibles castañuelas. Las dos
pilastras que restan acogen a las que parecen ser las figuras principales: el
rey David, barbado, con manto y corona, tañe el arpa; a su lado un personaje
que lleva en su mano izquierda una partitura mientras que con la derecha parece
dirigir la orquesta. Completando la decoración, cuatro niños de bulto redondo
se sientan sobre la cornisa con las piernas en el vacío; en sus manos derechas
quedan argollas que bien podrían haber servido para colgar lámparas.
Todas las
figuras están talladas en yeso con bastante resalto, singularmente las humanas
que son también las más toscas dentro de la factura eminentemente popular de
todo el conjunto. La cúpula ostenta una rica policromía de colores fuertes de
los que está ausente el oro, lo que contribuye a acentuar el aspecto exótico
de las yeserías. En !774 se pagaba a «Roque Felipe, vº de Cuellar y a Segundo
del Río, vº de Olmedo doradores», por «dar de colores a la talla de la media
naranja de la capilla» (32).
Considerados individualmente, la mayoría de los motivos que aparecen en la cúpula
son habituales en el barroco peninsular y americano. Los atributos marianos están
presentes en la ya mencionada cúpula vallisoletana de Tiedra; en San
Hermenegildo, de Sevilla; iglesia de los Santos Justo y Pastor, de Córdoba; y
en los camarines de la Victoria, en Málaga, de la iglesia de la Salud, en la
misma ciudad y de los Remedios, en Estepa (Sevilla), los dos últimos
rigurosamente contemporáneos de Alcazarén, sin olvidar ejemplos mexicanos,
como el Santuario de Santa María Tonantzintla.
El águila bicéfala,
motivo heráldico difundido a uno y otro lado del Atlántico a través, sobre
todo, de las páginas titulares de tantas publicaciones, aparecen también en la
cúpula vallisoletana de Torrecilla de la Orden, así como en el mundo andaluz;
el ya citado camarín de la Victoria, y mexicano: fachada de la Valenciana
(Guanajuato), parroquia de Atlixco (Puebla) o Santa Mónica (Guadalajara), todas
de dedicación mariana.
La sirena es
motivo omnipresente en los repertorios decorativos y emblemáticos de donde pasa
a la decoración arquitectónica. A su significado de símbolo de la tentación
puede añadirse su relación con la armonía celeste; con frecuencia tañe
instrumentos o, como aquí, sostiene cartelas. Cabe preguntarse, no obstante, si
no se trata de un simple elemento decorativo. En América prolifera sobre todo
en la arquitectura andina, aunque tallada en piedra, pero podemos encontrarla
también en México, como en las yeserías de capilla del Rosario, de la iglesia
de Santo Domingo, en Puebla.
El mascarón es,
igualmente, elemento común en el repertorio decorativo del renacimiento y
barroco europeo y americano. En Alcazarén aparece asociado a emblemas
musicales, quizás en alusión a su origen dionisíaco, saca la lengua en una
mueca burlesca y se toca con una especie de venera semejante a un tocado de
plumas que puede denotar, quizá, la influencia que sobre modelos europeos
ejerció el conocimiento del Nuevo Mundo recién descubierto (33). Un mascarón
con idéntico gesto forma el capitel de una pilastra del patio del Seminario de
San Telmo, en Sevilla.
Un tocado
semejante presenta la figura de busto alado y cintas avolutadas en las sienes,
proveniente del manierismo flamenco; pese a tratarse de uno de los más
delicados motivos de la cúpula, emparenta con las toscas figuras aladas que
rodean al Espíritu Santo en la cima de la cúpula de Tonantzintla.
Los niños
desnudos que se sientan en la cornisa introducen un toque de barroquismo que
contrasta con la sequedad del entablamento; tratados con mucho más primor
aparecen en muchos ejemplos andaluces, como el camarín de la Merced, en Écija
(Sevilla). Otros motivos: canéforas, cabezas tocadas con plumas o conchas, ángeles-atlantes
son tan frecuentes que renunciamos a buscar paralelismos.
La verdadera
originalidad de la decoración reside en las figuras de músicos que forman los
estípites animados. Ángeles que tañen instrumentos musicales aparecen en la
capilla del Rosario, de Oaxaca, y en el sotocoro de Tonantzintla, en México,
pero no conocemos ejemplos de músicos adultos en la época. Quizá sería
preciso retrotraerse a iconografías medievales. El rey David de la Portada de
las Platerías y los ancianos apocalípticos del Pórtico de la Gloria, de
Santiago de Compostela, podrían haberse unido con un sentido de exaltación
mariana, en cuyo honor se interpreta el celestial concierto.
La factura eminentemente popular de la talla, a lo que contribuyen de un modo
muy notable los fuertes y contrastados colores de la policromía, hacen de las
yeserías de Alcazarén algo verdaderamente inusual, exótico en el barroco
castellano. Por su modestia se aleja de realizaciones tan espléndidas como el
Sagrario de San Mateo de Lucena (Córdoba), aunque algunos motivos sean comunes.
En cambio su tosquedad la emparenta con obras como la cúpula del camarín del
Dulce Nombre en Santo Domingo, de Archidona (Málaga) y, desde luego, con el
conjunto del Santuario de Santa María Tonantzintla (México), tan diferente y a
la vez tan cercano.
NOTAS
(2)
Para el barroco americano: D. ANGULO IÑIGUEZ, E. MARCO DORT A y M. BUSCHIAZZO,
Historia del Arte Hispanoamericano, Barcelona, 1945-56; Y. BOTTINEAU, Barroco ibérico
y latinoamericano, Barcelona, 1971; I. LUKS, «Tipología de la escultura
decorativa hispánica en la arquitectura andina del siglo XVIII», Boletín del
Centro de Investigaciones Históricas y Estéticas, nº 17, Caracas, 1973 y
Tipología de la escultura hispánica en la arquitectura mexicana del siglo
XVIII, Caracas, 1980; S. SEBASTIAN LOPEZ, J. MESA FIGUEROA y T. GISBERT DE MESA,
Arte Hispanoamericano desde la colonización a la independencia, I y II, Summa
Artis, vols. XXVIII y XXIX; Barroco Latino Americano, Roma, 1980. Lamentamos no
haber podido consultar el trabajo de A. MARTINEZ RIPOLL, «Influencias europeas
y españolas en las yeserías de Puebla de los Ángeles (México) durante el
siglo XVII», presentado en el Simposio Internacional sobre la proyección del
Arte español en América y Filipinas, celebrado en La Rábida en 1977. Ver
también la aportación de varios autores en Actas del XXXVI Congreso
Internacional de Americanistas, t. IV, Sevilla, 1966.
(3)
A. RODRÍGUEZ G. DE CEBALLOS, «Motivos ornamentales en la arquitectura de la
Península Ibérica entre el manierismo y el barroco», Actas del XXIII Congreso
Internacional de Historia del Arte, t. II, Granada, 1973.
(4)
S. SEBASTIAN, Contrarreforma y barroco, Madrid, 1981.
(5)
J. J. MARTÍN GONZALEZ, Arquitectura barroca vallisoletana, Valladolid, 1967.
(6)
Cfr. A. BUSTAMANTE GARCÍA, La arquitectura clasicista del foco vallisoletano
(1561-1640), Valladolid, 1983; J. J. MARTÍN .GONZÁLEZ y J. URREA, Monumentos
religiosos de la ciudad de Valladolid, I, Valladolid, 1985.
(7)
Archivo General Diocesano de Valladolid, Parroquia de San Martín, Libro I de
cuentas de las memorias que fundó D. Gaspar de Vallejo. En realidad el
testamento fundaba un mayorazgo que se constituía en heredero de los bienes a
él vinculados, únicamente «faltando toda nuestra sucesión y los llamados
para este mayorazgo... se funde una capilla en la ciudad de Valladolid para lo
qual se tome sitio en la dha yglesia de señor san Martín». Esta circunstancia
se produjo el 21-IX-1676, fecha de la muerte, sin sucesión, de Elvira Gregoria
de Vallejo, hija de los fundadores. El patronazgo de la fundación recayó
entonces, de acuerdo con el documento institucional, en el Rector y Colegio
Mayor de San Bartolomé de Salamanca, quienes delegaron en el vallisoletano
Colegio de Santa Cruz que, a su vez, encargó el cumplimiento de lo estipulado a
la propia parroquia de San Martín. Todo ello explica el retraso en la
construcción de la capilla.
(8)
Fueron Antonio de Bustamante, Francisco Castander , Benito Mancebo, Manuel
Izquierdo, Pablos Mínguez, Joseph Gomez y Bernardo Jiménez, maestros de obras
de Valladolid y Tordesillas. Ibid.
Lib. II.
(9)
Cfr. J. J. MARTÍN GONZALEZ y J. URREA, ob. cit., p. 105. El primer pago lo
recibieron en diciembre, para adquirir piedra de Íscar (Valladolid) y dar
comienzo a la obra.
(10)
A.G.D.V ., Lib. III,
fols. 561 y 563.
(11)
J. J. MARTÍN GONZÁLEZ y J. URREA, ob. cit.. pp. 105-107.
(12)
Cfr. J. J. MARTÍN GONZÁLEZ, «La Capilla de los Gaitán en Tordesillas»,
Boletín del Seminario de Arte y Arqueología, 1973. En noviembre de 1680
Tejedor Lozano, en compañía de su sobrino Francisco García, se obligó a
concluir la fábrica de la capilla de la Concepción, propiedad de la congregación
de ese nombre, aneja al Colegio jesuita de San Ambrosio, de Valladolid. La obra
consistía en el cerramiento de la capilla: bóvedas, cúpula, armaduras y
tejados, además de hacer coro con su escalera, pedestales para los retablos,
suelos, etc. Las yeserías son sencillas, fundamentalmente geométricas; tan sólo
se harían «recuadros corridos entretejiendo jesuses y marias en las bobedas
coronadas con sus rayos de relieves... cornisa con medallones». Archivo Histórico
Provincial de Valladolid. Protocolos. Leg. 2.399, 14-XI-1680. Tras la expulsión
de los jesuítas, la capilla fue cedida al Colegio de Escoceses que la ha
utilizado hasta fecha muy reciente. Cfr. M. T A YLOR, The Scots College in Spain,
Valladolid, 1971 y J. J. MARTÍN GONZÁLEZ y F. J. DE LA PLAZA SANTIAGO,
Monumentos religiosos de la ciudad de Valladolid, II, Valladolid, 1987, pp. 306
y ss.
(13)
Por lo que respecta al mundo americano su tipología ha sido estudiada con
precisión por I. LUKS, obs. cits.
(14)
Cfr. J. URREA, Semana Santa, col. Cuadernos Vallisoletanos, no 24, Valladolid,
1987.
(15)
A. NEUMEYER, «The indian contribution to architectural decoration in spanish
colonial America», The Art Bulletin, XXX, 1948.
(16)
H. WETHEY, Colonial Architecture and Sculpture in Perú, Cambridge, 1949, p.
159.
(17)
D. ANGULO, E. MARCO DORTA, M. BUSCHIA- ZZO, ob. cit., t. 111, Barcelona, 1956,
p. 436 y ss.
(18)
R. CAMACHO MARTINEZ, Ob. Cit.
(19)
J. C. BRASAS EGIDO, Antiguo partido judicial de Olmedo, Valladolid, 1977, p. 15.
(20)
J. J. MARTÍN GONZÁLEZ, Arquitectura..., p. 176.
(21)
A.G.D.V., Libro de cuentas de la fábrica de la iglesia parroquial de Santiago
de Alcazarén 1758-1840.
(22)
Según su propia declaración era natural de Navarrete, obispado de Calahorra, y
contaba 66 años en 1775, de los cuales había pasado 41 en la diócesis de
Segovia, la mayor parte en Alcazarén, donde murió el 15 de octubre de 1781 (Ibid.
Parroquia de Santiago de Alcazarén, Difuntos, fol. 133 vº). El rastreo de su
biografía ha revelado que era hombre de cierta posición social y heredero del
mayorazgo fundado por su abuelo (A.H.P.V., Protocolos, Legs. 10.195, 10.196 y
10.198).
(23)
A.G.D.V., Lib. Fábrica
de Santiago de Alcazarén, fols. 54 a 57 vº: Capilla de Ntra. Señora del
Carmen. El dinero reunido sumó 6.270 rs. en tanto que lo gastado ascendió a
6.298'4.
(24)
Para la personalidad del arquitecto cfr. J. C. BRASAS EGIDO, ob. cit., pp. 80,
85, 182-184 y 210, que recoge la bibliografía anterior, y «Noticias
documentales de artistas vallisoletanos de los siglos XVII y XVIII», BSAA, L,
1984, p. 446. En 1776 desempeñaba, comisionado por el Consejo de Castilla, la
dirección principal de las obras y reparos de los puentes y calzadas de la
jurisdicción de las villas de Cuéllar e Íscar. A.H.PV, Protocolos, Leg.11.347.
(25)
Ibíd., Leg. 10.196, fol. 25 del año 1762.
(26)
Se pagan 1.585,17 rs. de 105 jornales de ambos y 243 de peones, más 822, 17 rs.
«importe de 63 dias que se ocupó dho Joseph Muñoz como tal maestro en jarrear
las paredes de dha Cap.' hazer su media naranja y lucirla» A.G.D. V., Cuentas
de la Capilla del Carmen.
(27)
Ibid. Las cuentas pormenorizan, entre otros gastos de materiales, «379,14 rs.
importe de 33 fs y mº de yeso que se gastaron en la referida capilla su altar y
talla de la media naranja... 49 rs. de 14 fs de expejuelo puestas en la referida
obra», así como pagos al rejero Manuel Catalina, al cantero Juan de Amezua
Basaguchia y al maestro vidriero de Valladolid Manuel González Espinosa.
(28)
J. C. BRASAS EGIDO, Antiguo partido..., pp. 21, 22, 24, 73, 96, 98, 142 y 204.
(29)
A.H.P.V., Protocolos, Leg. 10.558. A su muerte confiesa no poseer los bienes
suficientes para restituir lo aportado por su mujer como dote. No podemos dejar
de señalar la curiosa circunstancia de que la esposa fuese hermana de Fray
Miguel de Santiago, Prior General del convento de Carmelitas Descalzos de la
capital de México, quien en varias ocasiones envió dinero a sus familiares.
Ibid. Leg. 10.550. El conocimiento de los años de formación del artista,
probablemente en Galicia, podría quizás arrojar alguna luz sobre la traza de
las yeserías, si es que le corresponde.
(30)
J. C. BRASAS EGIDO, ob. cit., pp. 22 y 24.
(31)
A.G.D.V., Alcazarén Lib. de Cuentas de la ermita del Humilladero,1726-1764.
(32)
Ibid. Libro de Fábrica de Santiago de Alcazarén, fol. 90. La cúpula ha sido
recientemente restaurada. Estos mismos maestros se encargaron del dorado del
retablo rococó, que preside una Virgen del Carmen, que había hecho, en 1770,
Segundo Ibáñez, maestro tallista residente en Olmedo. Ibid.,
fol. 75 vº.
(33)
Cfr. A. RODRÍGUEZ G. DE CEBALLOS, ob. cit.. p. 557. Un mascarón con la lengua
fuera, etrusco, aparece en la lám. nº 72, fig. 1 de F. S. MEYER, Manual de
ornamentación, Barcelona, 1948.
